jueves, 26 de marzo de 2009

FOTOGRAMA POLÍTICO


Pasan los días a una velocidad de vértigo. En el escenario político palmesano, por contraste, todos se mueven con una lentitud propia de una película rodada a cámara lenta. Los actores gesticulan torpemente entre el miedo y la avidez por no tropezar con sus sillones, no vaya a ser que se les vuelquen a destiempo, esperando que el guión se desarrolle lo más despacio posible, temerosos y sabedores que sus márgenes están ya pactados. La Fiscalía hace de comparsa, en un papel dictado por los socialistas, y que se reparte incluso allende esta comunidad balear. Todo está planeado desde la oposición, mucho más inteligente y paciente. La toma de posiciones, al otro lado de la pantalla, no difiere mucho del ritmo impuesto, y los espectadores, sin saberlo, han comprado ya sus entradas para la posible decepción de otro estreno.
Los medios afines a los sociatas apenas atinan al enfocar con sus cámaras a los protagonistas de este metafórico film, que me sirve de excusa para plasmar estas letras. Las suyas, impresas todos los días, retratan difuminadas, como si se tratara de esos grandes carteles que anunciaban antaño las próximas novedades, los verdaderos rostros de los que se esconden entre bambalinas.
Sí, todo avanza con una lentitud que exaspera, mientras el país trata de no hundirse del todo, como si fuera un náufrago que chapotea desesperado en medio del océano, mientras cree divisar a lo lejos los fotogramas borrosos de un barco que se acerca, y que ya va izando la bandera de la esperanza.

domingo, 22 de marzo de 2009

AMIGOS A LA DERIVA

Los inevitables avatares de la vida tienen parte de responsabilidad a la hora de no poder contar con muchos amigos, tantos los de antaño como con esos que se han ido incorporando por el camino. Muchos de estos últimos no gozan siquiera de tal privilegio, y toman tan sólo el apelativo a raíz de un magnánimo deseo por no relegarlos a otras categorías menos afortunadas en el escalafón de la confraternidad. Y es que, más que nada, son o han sido meros compañeros de trabajo que han confluido en un momento determinado y que, por lo tanto, al final han tomado otros atajos existenciales que les han llevado a paisajes lejanos donde es harto difícil columbrarlos. Los primeros, los que vienen de la infancia, han tenido el inconveniente de que se han ido yendo al otro barrio con más premura de la que uno hubiera deseado. Eran los que más valían, los auténticos, los más talentosos, virtud ésta que parece reñida con una vida longeva. Los amigos de verdad, los de lozanas correrías y a quienes les tocó vivir la adolescencia -como el que esto escribe- en plenos setenta y ochenta la filosofía del rock que nos impregnó, acabó por dar al traste con sus planes, y en gran número fueron cayendo por la herencia de las drogas y demás excesos.
Algunos, a los que llamo los supervivientes, quedaron casi todos algo 'tocados', y rara vez te reconocen por la calle por culpa de unas cuantas neuronas descolocadas a destiempo, aunque son los menos. Los del cole, los que marcamos en la zona de la palmesana Plaza Gomila toda una forma de vida, los primeros en colocarnos unas gafas Rayban de negros cristales, y calzarnos unos Levis made in Usa con camisa a juego, -inencontrables en esos tiempos en ninguna tienda- los que paseábamos con los primeros discos de Lou Reed o Iggy Pop bajo el brazo, o por aquello de los porros con lo último de Supertramp o Yes, por no menospreciar a nuestro inolvidable Morrison, se han muerto casi todos, como digo. En mi caso todos, menos yo. Por eso lo de los nuevos amigos me suena a guasa, a gente de paso que pronto se olvida, y que la única certeza que has sacado de ellos es que, inevitablemente, siempre te fallarán en los momentos que más los necesitas, y cometes la torpeza de pedir su amparo, aunque sólo sea para charlar.
Lástima que desde el cielo, o donde quiera que estén los otros, los de verdad, no puedan hacer más que ocupar en nuestra memoria, y en lo más profundo de nuestro corazón, un lugar que nadie usurpará. Para ellos estas líneas, y todo mi cariño. No os olvido.

viernes, 20 de marzo de 2009

RECUERDOS DE UNA PENSIÓN

Todo se entrelaza otra vez y el timbre corre despavorido, raudo hacia los oídos de la casera de la pensión. Es una mujer cincuentona de andar cansino, ojeada sospechosa y parlamento austero. Se pliega la falda con sus minúsculas manos, afanosa por cobrar. Le entrego la tarifa y relaja el entrecejo, desde donde caen parte de sus preocupaciones, dándole una tregua a las arrugas. La casa es antigua, decorada al estilo ecléctico. Los relojes de cuco marcan el compás de la rutina junto a los sonidos de un viejo televisor, allí donde se reúnen al finalizar la jornada los pocos inquilinos. Uno de ellos, don Hipólito, maneja pata de palo y gorra de almirante. Saca sus cuartos de la mendicidad y dice sentirse muy orgulloso.

-Todo antes que trabajar de recadero –afirma exaltado aprovechando los anuncios- ¡Pues estaría bueno que con esta desgracia que gasto tuviese encima que ir corriendo por ahí!

El tedio de la tarde deja paso a la elipsis por donde se cuelan los ruidos que llegan de la calle. Es el momento que aprovecha don Agustín para justificar su aislamiento social y la soledad que reflejan sus dieciséis lustros.

-Si, llevo aquí con doña Asunción treinta años, que no son pocos, y cada día que pasa estoy más contento. Si bien es cierto que jamás ha dado cena o comida alguna a sus huéspedes, no menos lo es el hecho de que todo está siempre muy limpio. Nadie puede decir lo contrario, que no es menester infamar su reputación ni menoscabar su empeño y diligencia.

Doña Asunción jamás agradece el cumplido. Hace vida aparte en una salita donde está prohibido entrar. Siempre ha habido clases, y ella no va a poner la nota discordante. La mujer de la limpieza, una dominicana entrada en años, vive también en la pensión, y no la puede ver. Anuncia a voz en grito casi todas las mañanas, cuando ella sale a comprar, que le va a tirar la plancha a la cara un día de estos.
Yo soy el único que la escucho, echado en el catre pensando en cómo quitarme de en medio. Hace un calor sofocante. Estamos en pleno mes de agosto en Madrid. El humo de los coches avanza en espirales hasta el quicio de mi ventana. Parece envidiar al de mis cigarrillos, más azulado y elegante. Se oye un carraspeo en la habitación contigua. Es Don Gaspar, a quien le viene la tos. La tiene instalada en su garganta desde hace mucho tiempo, como un huésped inoportuno que hace ruido y al que no hay manera de echar, y menos con cajas destempladas. Convive con ella muchas horas al día, y hay veces que le gustaría poder estrangularla con sus propias manos, pero no lo hace por temor a ahogarse él mismo. La culpa la tiene el tabaco que fuma, que le está matando. Don Gaspar sabe que el humo es muy malo y que lejos de aventar males, llama a gritos a la parca, pero no lo puede evitar. Se diría que cada vez que enciende un cigarrillo está tratando de inmolarse a plazos, que aspira a desaparecer entre sus remolinos o, al menos, a disimular su existencia entre las virutas. A Don Gaspar todo le trae al pairo, menos el fumar. Me dice entre bocanadas que está muy harto, que cualquier día hace una locura, que intentó ser alcohólico pero que no lo consiguió por culpa de su paladar, “demasiado sensible para quemármelo con alcohol, que lo único que hace además es atontar al más pintado”. Don Gaspar está hasta las pelotas, así de claro. Me lo repite en cuanto me ve, entre espasmos pulmonares y blasfemias.
A don Gaspar le violaron antaño dos travestís en una cárcel de Burgos, al poco de ser condenado por el robo de tres mil cajas de puros de un contenedor que acababa de llegar de Cuba, en un muelle viejo del que prefiere no acordarse para que no le entre la mala leche. A mí me da igual, aunque le escucho por respeto, y sobre todo porque me da mucha pena.

lunes, 16 de marzo de 2009

ESPEJISMOS Y VOCES ROTAS

Los lunes las esperanzas juegan a no ser espejismos en el desierto de la ciudad. El sonido de la calle que llega hasta donde escribo parece querer reafirmar que la vida ha caído en la trampa otra vez, mas a mí me parece que simplemente todo está en silencio, y que son sólo los estertores de algo que se apaga, imágenes y ruidos difusos que se pierden en vericuetos imposibles.
Los lunes a mi amargura le queda toda una semana para poder masticar todos los sueños no cumplidos, y poder escupir luego sus trozos sobre el hastío de tanta soledad y tanto deseo frustrado. Sí. Es el primer día de la semana, y el último al que aferrarse antes de soltarle la mano y despeñarse por el calendario hasta un abismo sin nombre. Qué lejos quedan ahora los días de redacción, los saludos de mi secretaria cuando entraba por la puerta, y dejaba luego mi chaqueta en el perchero como queriendo cubrir, sin entonces saberlo, el futuro negro que ahora todo lo tiñe.

domingo, 15 de marzo de 2009

ESA NOSTALGIA DE MADRID QUE NO CESA


Esta mañana no he podido pasear por la Gran Vía, ni ver cómo gasta la incipiente primavera sus primeros pasos por El Retiro, ni atisbar en la Puerta del Sol los primeros rayos del mediodía, ni oler siquiera las porras y el aroma de los cafés que se cuelan por las puertas de tantas cafeterías añoradas. Y es que vivo en Palma de Mallorca, ciudad gris que cambia sólo de color cuando te metes en el mar. Así que he rondado algunas calles, siempre vacías en estas fechas, he bajado la mirada y las orejas cuando ha llegado a mis oídos el odioso catalán impuesto, y me he dado enseguida la vuelta para no morir ahogado al acabarse la única avenida que sirve de escenario a mi domicilio. Palma es hastío, vacío, y en cada rincón surge la nostalgia por estar en tu verdadero sitio, como si fuera el fantasma de una esperanza que sólo sirve para recordarte el eco de tu deseo, ya que ni siquiera puede espantar tanta tristeza y desolación.
Recuerdo cuando paseaba por Madrid con mi abuelo. Los escaparates de las bombonerías repletos de caramelos multicolores, los bancos de los parques donde el olor a tierra se mezclaba con el jolgorio de los niños jugando. Las bulliciosas calles, el repique del metro y las espirales de su humo, el mismo que dibuja ahora, en esta noche de domingo, las figuras intangibles de tantos volátiles deseos.

sábado, 14 de marzo de 2009

LA SOLEDAD DEL JUGADOR

El black jack, la ruleta, los dados, son fronteras imaginarias cruzándose en medio de la desesperación y el ansia. Entre el rojo y el negro y los números fluye la adrenalina, y un atisbo de muerte prematura. La bola girando es una bala, los naipes cuchillos, y las fichas una apuesta por la eternidad. No importa lo que ganes o lo que pierdas, lo único que vale es que estás en el otro lado, en un rincón exclusivo. En una sala de juego está exprimida la desesperación del hombre, chorrea por todas partes, en cada rincón, en cada opción, y parece que se estuviera escupiendo todo el asco del mundo. El auténtico jugador es en cierta medida un suicida a plazos, un héroe al que no le importa perder hasta el alma, un cruzado que desafía en cada envite al miedo buscando la herida de una quimera. A veces contempla cómo éste huye arrastrado por las fichas, aunque siempre vuelve a retarlo, esperando metérselo en el bolsillo; otras escucha la mejor sintonía jamás escrita: la del crupier cantando el número elegido. Es un himno que niega todo lo escrito, cambiando el destino amargo de ese sueño fugaz que es la vida. Al final, siempre se pierde.

lunes, 9 de marzo de 2009

NEGAR A DIOS

Para negar la existencia de Dios se necesita tanta fe como para creer en ella. La dicotomía del espíritu, la dualidad atávica de nuestras almas, es una guerra sin tregua donde el enemigo se convierte en un mero ensueño que proyecta el sufrimiento. Los disparos del corazón abren heridas invisibles, nuevos caminos, aunque no cicatrizan nunca, salvo cuando en las tardes de otoño, mientras los tilos agitan levemente sus ramas allá a lo lejos, en un jardín cualquiera, las caricias se posan suavemente sobre ellas. Es en esa pausa donde está toda la eternidad, habitan los secretos, y las preguntas dejan de tener respuesta porque simplemente ya no se formulan. Es la tibieza de la eternidad, contenida en el soplo de una mano, en el reposo del rostro sobre el ser amado.
Cuando estas solo la fe se disipa; todo corre deprisa, el mundo gira vertiginosamente como si fuera un tiovivo sin control, y parece que van cayendo de los caballitos de madera los versos de todos los poemas escritos, los besos cuyos ecos se convirtieron en siglos, y es entonces cuando estallan sobre un asfalto hirviendo, sin estaciones, ni tiempo. No hay tregua. Tienes que seguir corriendo.

domingo, 8 de marzo de 2009

DE MÚSICAS Y MAREAS


De males, pesadillas, y anhelos, están llenos los libros; y mucho más los bares nocturnos de la urbe.
Si las notas de una bella melodía están plenas de las reminiscencias de un océano espiritual en bruto, las palabras sólo pueden hablarnos de ellos de soslayo, como si fueran ecos extraños, los mismos que señalan un rumbo cualquiera a seguir. Ahora flotan en las canciones al piano que emanan de los dedos del músico esta noche, en que estoy sentado en la barra con los ojos entreabiertos y las manos esperando ser asidas, o conducidas por una batuta invisible hacia el son que me llevara de vuelta, o hacia el trepidante ritmo que me hunde igual que si fuera un barco sumergiéndose en la lejanía con sus luces apagándose a medida que le vence la marea. Quedan entonces en el aire los últimos destellos de los camarotes vislumbrándose desde la bahía. Y puedo soñar que una vez hubo en su interior velas titilando a merced de las olas, y candelabros que las sostienen yendo y viniendo sobre mesas de caoba, y alfombras persas que huelen a jazmín, y a deseo.
Pasan las horas, y se deslizan entre cada una de ellas los sones y los pasos, y el ruido de vasos y mesas va evaporándose, fluyendo hacia el interior de la soledad del bar, allí donde late el corazón que siempre espera otra oportunidad, otra música, otra triste canción que desea que nunca llegue su nota final.
Me subo la solapa del abrigo y dejo atrás el rumor que decrece, y ante mí se abre la boca de la ciudad como si exhalara todo su hastío, o simplemente bostezara cansada por esa historia que todos escribimos sin música ni letras, impresa en una eternidad de frecuencias que han perdido su nombre en la infinitud del tiempo.

viernes, 6 de marzo de 2009

SIEMPRE LOS BLUES

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martes, 3 de marzo de 2009

COMPASES PARISINOS

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lunes, 2 de marzo de 2009

NO LO OLVIDES NUNCA

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